Fecha: 15 de abril 2020
Quién no recuerda cuando nuestros papás o algún familiar nos contaban historias o cuentos. Quién no recuerda así escuchar la “Caperucita Roja”, algunas fábulas de Esopo o alguna otra historia tal vez de propia autoría de ellos. Aún más afortunados si esos recuerdos iban acompañados de algún libro o cuento físico que pudimos tocar, ver e incluso oler, con dibujos y letras que tal vez de pequeños no entendíamos pero que nos interesaron y llenaron de ganas de saber qué decían. Y así tal vez para algunos de ustedes, estos recuerdos de alegría, de gozo y emoción al disfrutar de estas historias con alguien importante, hicieron crecer el gusto por la lectura y los libros hasta el día de hoy.
Posiblemente experiencias y aprendizajes significativos como estos, tal como hablaba Ausbel en los años sesenta, junto con las ganas de comprender su incidencia e impacto en la adquisición y desarrollo de la lectura desde temprana edad, deben haber motivado en los ochenta a Whitehurst1 y otros colaboradores (1988) para llegar a el concepto y/o estrategia que motiva este artículo: la lectura dialogada o dialógica, en inglés Dialogical Reading2. Esta es una metodología de lectura interactiva y compartida a partir de un libro con imágenes, diseñada para mejorar las habilidades literarias y del lenguaje en niños pequeños. La clave está en que los roles cambian: el niño es el protagonista y el adulto quien guía la lectura o conversación, generándose así un “diálogo” a partir de un cuento que, por supuesto, debe estar en las manos del niño, pues es él quien lidera la interacción y motiva la conversación.
Como toda metodología, requiere de pasos y “preparación” por parte del adulto para poder lograr la lectura dialogada. Estos pasos implican algunas estrategias y técnicas que se utilizarán mientras se leen los libros con el niño, las que se describen a continuación (en inglés con el acrónimo CROWD) en español utilizando las siglas TIDAM3. Estas son:
T: indicación terminativa, presentando una oración incompleta para que los niños la completen.
I: indicación informativa, o preguntas tipo “Q” ¿qué?, ¿cómo? ¿quién? ¿dónde? ¿cómo?.
D: indicación de distancia, que induce a los niños a establecer relaciones entre el libro y su vida.
A: indicación abierta, que requiere que describan parte del cuento con sus propias palabras.
M: indicación memorística, que requiere que los niños recuerden partes del cuento ya explicadas.
(Cuentos para crecer, 2020)
Estas indicaciones serán utilizadas por medio de una técnica llamada PEER, también a modo de acrónimo, para recordar las estrategias necesarias a utilizar durante la lectura. Esto significa:
P: el adulto provoca o impulsa al niño a decir algo sobre el libro
E: el adulto evalúa la respuesta
E: el adulto expande la respuesta del niño
R: el adulto repite la indicación
Todo esto puede leerse muy técnico e incluso forzado, sin embargo, podemos imaginarnos una situación real, tal vez con uno de nuestros hijos, sobrinos o nietos. Hagamos el ejercicio leyendo “La caperucita roja” e imaginemos que estamos sentados los dos, adulto y niño, cómodamente en cojines, y es el niño quien sostiene el libro, lo abre y comenta primero: “¡Mira, una niña!”- “Sí, y lleva una capa de color…– “¡Rojooo!” –“¡Claro! y es del mismo color que tus botas”-, “¿mis botas?”, –“Sí, tus botas rojas de lluvia…veamos, ¿quién lleva botas acá?”-, “¡mira, la niña también tiene botas!”. Y así, “como si nada”, hemos construido oraciones más largas, hemos hablado del color rojo, hemos recordado sobre otras cosas que conocemos de ese color y, por sobre todas las cosas, hemos hecho todo esto disfrutando de un libro y gozando de la compañía de ambos. Sin este ingrediente tan importante, no sería posible que esta técnica tuviera la importancia que tiene, porque se hace posible estimular y aprender lenguaje, porque el vínculo que se logra con esta gozosa instancia de lectura dialogada, lo permite.
Anímense a tomar un libro y entregarlo en las manos de un niño, a “soltar las riendas” como adulto, educador o terapeuta; busquen en él lo que llama su atención y usen eso como su principal herramienta para generar el diálogo, sin importar si tiene 3 meses y disfruta solo de tocar e incluso morder ese libro de tela que suena; o si tiene 3 años y disfruta explorando el libro al revés o desde su contratapa. Todo aquello puede motivar una pregunta, una palabra, que generará un diálogo enriquecido y en especial significativo, no solo para estimular su lenguaje, sino que también el gusto por la lectura, incluso desde antes que empiece a caminar.
Leonor Méndez Mateluna
Fonoaudióloga
Docente clínico PUC
Referencias:
Pontificia Universidad Católica de Chile 2025